Salud mental: reconocer el malestar, cuestionar los estigmas y construir redes de apoyo
Publicado: el 16 octubre, 2026 por Camilo Malaver / Konrad Lorenz
Salud mental: reconocer el malestar, cuestionar los estigmas y construir redes de apoyo
El profesor Darío Alexander Jácome, docente de la Facultad de Psicología de la Fundación Universitaria Konrad Lorenz, reflexiona sobre las barreras que dificultan pedir ayuda, las exigencias de la vida moderna, la carga mental que enfrentan muchas mujeres y el bienestar de quienes cuidan a otras personas.
Hablar de salud mental implica mucho más que reconocer un diagnóstico. También significa aprender a identificar el malestar, cuestionar las ideas que nos impiden expresarlo y construir entornos en los que pedir ayuda sea una posibilidad real, no un motivo de vergüenza.
Las exigencias laborales, la presión por ser productivos, el aislamiento social y la distribución desigual de las responsabilidades de cuidado son algunas de las situaciones que pueden afectar el bienestar psicológico. Sin embargo, no todas las personas cuentan con las mismas condiciones para reconocer lo que sienten, descansar o acceder a acompañamiento.
Para comprender estos desafíos, conversamos con Darío Alexander Jácome, docente de la Facultad de Psicología de la Fundación Universitaria Konrad Lorenz, quien analiza cinco preguntas fundamentales sobre la salud mental en la vida cotidiana y la importancia de convertir la sensibilización en acciones concretas.
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¿Por qué nos cuesta reconocer que tenemos un problema de salud mental?
En muchos contextos, ser una persona fuerte se asocia con trabajar sin descanso, superar las dificultades en silencio y continuar cumpliendo con las responsabilidades, incluso cuando el malestar emocional es significativo. Esta idea puede llevar a confundir la fortaleza con la obligación de soportarlo todo.
El profesor Darío Alexander Jácome explica que determinadas variables socioculturales han reforzado una concepción de la fortaleza centrada en resistir, evitar o esconder el sufrimiento, en lugar de reconocerlo y tramitarlo. Admitir que algo no está bien puede sentirse como una amenaza a la imagen de competencia, estabilidad o normalidad que intentamos mantener ante los demás.
A esto se suman el temor a la discriminación, el estigma asociado a los problemas de salud mental y la incertidumbre sobre dónde buscar ayuda. Una revisión sistemática de Clement y colaboradores (2015), que analizó 144 estudios, encontró que el estigma se relacionaba con una menor búsqueda de atención. Entre las barreras identificadas estaba la preocupación por revelar lo que se está viviendo. Consulta el estudio.
También puede ocurrir que el malestar se normalice. Frases como «todos estamos agotados», «hay que seguir» o «esto no es para tanto» pueden restarle importancia a experiencias persistentes que merecen atención.
Por ejemplo, una persona puede dormir mal, aislarse o perder el interés por actividades que antes disfrutaba y, aun así, continuar trabajando y cumpliendo sus obligaciones. Mantener algunas actividades no significa necesariamente que se encuentre bien.
Pedir ayuda no requiere esperar a recibir un diagnóstico clínico. El malestar emocional puede ser motivo suficiente para buscar orientación profesional, aunque no toda experiencia difícil corresponda a un trastorno mental. Reconocer lo que sentimos permite evaluar nuestras necesidades sin minimizar el sufrimiento ni etiquetar automáticamente cualquier dificultad como una enfermedad.
¿Cómo influyen el ritmo de vida, la tecnología y el aislamiento en la salud mental?
La vida contemporánea está atravesada por la inmediatez, la conectividad y la expectativa de hacer cada vez más en menos tiempo. Según el profesor Jácome, los avances tecnológicos, la expansión del trabajo remoto y la creciente presencia de herramientas de inteligencia artificial generativa forman parte de un entorno en el que muchas personas sienten que deben ser más productivas, competitivas y exitosas.
Estas herramientas también ofrecen oportunidades, pero su impacto depende de cómo se incorporan a la vida cotidiana. La tecnología puede facilitar tareas, acercar a las personas y ofrecer acceso a información y apoyo. Sin embargo, cuando la conexión permanente prolonga la jornada laboral, reduce el descanso o alimenta la comparación constante, puede convertirse en una fuente adicional de presión.
Riesgos psicosociales en el entorno laboral
En el entorno laboral, la Organización Mundial de la Salud identifica riesgos psicosociales como la sobrecarga de trabajo, el escaso control sobre las tareas, la inseguridad laboral y la violencia o el acoso. Estos factores muestran que el bienestar no depende exclusivamente de la capacidad individual para manejar el estrés: también está relacionado con las condiciones en las que se trabaja.
Las redes sociales merecen una lectura igualmente cuidadosa. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en JAMA Pediatrics en 2024 examinó 143 estudios sobre el uso de redes sociales y los síntomas internalizantes —como la ansiedad y la depresión— en adolescentes. Los resultados encontraron asociaciones positivas, pero pequeñas, entre algunas medidas de uso y estos síntomas. Los hallazgos no demuestran que las redes sociales sean, por sí solas, la causa de los problemas de salud mental, y deben interpretarse teniendo en cuenta las diferencias entre estudios y poblaciones. Consulta la investigación.
Aislamiento social vs. soledad no deseada
A la presión de estar siempre disponibles se suma otra dificultad: tener muchos contactos digitales no garantiza contar con relaciones cercanas y satisfactorias. La Organización Mundial de la Salud distingue entre el aislamiento social —una situación objetiva de escasez de relaciones o interacciones— y la soledad, que es la experiencia subjetiva y angustiante de sentir una desconexión entre los vínculos que se tienen y los que se desean o necesitan. Conoce las definiciones de la OMS.
Por eso, el desafío no consiste en rechazar la tecnología, sino en construir una relación más consciente con ella, proteger los tiempos de descanso y cultivar vínculos en los que exista escucha, confianza y apoyo mutuo.
¿Qué presiones emocionales y de carga mental afectan la salud de las mujeres?
La distribución desigual de las tareas domésticas y de cuidado es uno de los factores que ayudan a comprender la carga mental que enfrentan muchas mujeres. Además de realizar actividades concretas, con frecuencia asumen la responsabilidad de identificar necesidades, anticipar problemas, organizar horarios y supervisar que todo funcione.
Esta carga puede pasar inadvertida porque no siempre se traduce en una tarea visible. Una persona puede compartir la ejecución de una responsabilidad familiar sin que se distribuya de manera equitativa la planificación que la hace posible.
El impacto del trabajo cognitivo doméstico
El profesor Jácome señala que estas dinámicas deben analizarse dentro de contextos socioculturales marcados por desigualdades de género y por expectativas tradicionales sobre lo que se espera de las mujeres. La presión por responder simultáneamente a las exigencias laborales, familiares y domésticas puede reducir las oportunidades de descanso y afectar el bienestar.
En Colombia, los resultados preliminares de la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT) 2024–2025 del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) muestran una diferencia importante: las mujeres dedican, en promedio, 7 horas y 35 minutos diarios al trabajo no remunerado, frente a 3 horas y 14 minutos de los hombres. Esta brecha evidencia una distribución desigual del tiempo dedicado a actividades que sostienen la vida cotidiana. Consulta los resultados del DANE.
Hacia una redistribución equitativa del cuidado
La investigación de Aviv y colaboradores (2025), realizada con 322 madres estadounidenses, también encontró asociaciones entre una mayor participación en el trabajo cognitivo doméstico y mayores niveles de estrés, síntomas depresivos y agotamiento. Aunque estos resultados no deben generalizarse automáticamente a todas las mujeres ni a todos los contextos, contribuyen a visibilizar una dimensión de la carga de cuidado que suele quedar fuera de las conversaciones cotidianas.
A esto se suman los discursos y comunidades digitales que promueven roles de género rígidos, así como expresiones de discriminación y violencia contra las mujeres. Como advierte el profesor, estas dinámicas requieren una mirada crítica por sus posibles implicaciones en la autonomía, las relaciones y el bienestar psicosocial.
Reconocer esta realidad implica ir más allá de recomendar a las mujeres que «se organicen mejor» o que encuentren tiempo para sí mismas. También exige redistribuir las responsabilidades, cuestionar las expectativas desiguales y construir condiciones que permitan compartir el cuidado de manera efectiva.
¿Por qué el agotamiento de cuidadores y la soledad siguen son difíciles de hablar?
Cuidar a un familiar o a una persona que necesita apoyo puede ser una experiencia significativa, pero también puede implicar vigilancia constante, incertidumbre, cansancio y tensiones con otras responsabilidades. Cuando el cuidado se entiende exclusivamente como un acto de sacrificio, reconocer el agotamiento puede interpretarse erróneamente como falta de amor o compromiso.
El profesor Jácome invita a ampliar la mirada: no basta con atender a quien recibe los cuidados; también es necesario reconocer las necesidades físicas, emocionales y sociales de quien cuida.
Visibilizar las necesidades de quien cuida
El estrés prolongado asociado al cuidado familiar ha sido estudiado por Schulz y Sherwood (2008), quienes revisaron sus posibles efectos en la salud física y mental de las personas cuidadoras. Esta perspectiva ayuda a comprender por qué el descanso, el acompañamiento y la redistribución de responsabilidades deben formar parte de las respuestas al cuidado, en lugar de considerarse privilegios o señales de debilidad.
Decir «necesito ayuda» o «estoy agotado» puede ser el primer paso para identificar que las responsabilidades requieren ajustes. Escuchar a la persona cuidadora sin juzgarla, organizar turnos, ofrecer relevos y facilitar el acceso a servicios de apoyo son formas concretas de reconocer sus necesidades.
Diferencias entre la soledad elegida y el aislamiento
También es importante distinguir entre soledad y aislamiento social. La soledad no deseada aparece cuando una persona experimenta una desconexión que le causa sufrimiento; el aislamiento social, por su parte, se refiere a una escasez objetiva de relaciones o interacciones. Ambas experiencias pueden coincidir, pero no significan lo mismo.
La soledad elegida puede ser un espacio voluntario para descansar o reflexionar. En cambio, cuando la desconexión no se desea y se prolonga, puede afectar el bienestar y hacer más difícil encontrar apoyo. Las personas que cuidan a otras pueden experimentar esta situación cuando sus responsabilidades limitan el tiempo para mantener amistades, participar en actividades o expresar sus propias necesidades.
La OMS ha advertido que la soledad y el aislamiento social son fenómenos extendidos, con consecuencias relevantes para la salud y el bienestar, y ha llamado a fortalecer los vínculos sociales desde distintos sectores de la sociedad. Consulta el informe de la Comisión de la OMS sobre Conexión Social.
Hablar de estas experiencias ayuda a desmontar la idea de que cuidar significa hacerlo todo a solas. Cuidar a quienes cuidan también es una responsabilidad familiar, comunitaria e institucional.
¿Cómo pasar de sensibilizar sobre salud mental a construir apoyos reales?
Las campañas, publicaciones y conversaciones sobre salud mental pueden ayudar a reducir el estigma, pero su impacto es limitado si no están acompañadas de oportunidades concretas para pedir ayuda. Para el profesor Jácome, el reto consiste en transformar la empatía en acciones cotidianas y sostenidas.
Esto implica reconocer que el sufrimiento forma parte de la experiencia humana, sin romantizarlo ni asumir que cada persona debe resolverlo por sus propios medios. No se trata de evitar todas las dificultades, sino de contar con recursos personales, relacionales e institucionales para afrontarlas y buscar apoyo cuando sea necesario.
Las familias: escuchar y compartir responsabilidades
- Escuchar sin minimizar las emociones ni responder automáticamente con juicios o consejos.
- Preguntar qué necesita la persona y acompañarla a buscar ayuda cuando lo solicite.
- Distribuir las tareas domésticas y de cuidado, incluida la planificación y organización.
- Reconocer que quienes cuidan también necesitan descanso, espacios propios y apoyo.
En las instituciones educativas: facilitar la orientación
- Contar con canales claros y accesibles para solicitar orientación.
- Promover espacios de escucha y prevención del estigma.
- Informar sobre los recursos disponibles y facilitar el acceso oportuno a atención profesional.
- Revisar las exigencias académicas cuando las circunstancias lo requieran, sin perder de vista los objetivos formativos.
Lugares de trabajo: cuidar las condiciones laborales
- Prevenir el acoso y responder a situaciones de violencia.
- Revisar las cargas de trabajo y ofrecer claridad sobre las responsabilidades.
- Respetar los tiempos de descanso y los límites de disponibilidad.
- Promover una cultura en la que expresar una dificultad no implique temor a la discriminación.
En la sociedad: reconocer los factores estructurales
El bienestar psicológico también está relacionado con las condiciones materiales y sociales en las que viven las personas. La pobreza, la inseguridad alimentaria, la violencia, las barreras educativas y la desigualdad pueden aumentar las dificultades para acceder a recursos de cuidado y bienestar.
Por eso, las acciones individuales y comunitarias deben acompañarse de respuestas institucionales y políticas públicas que atiendan estas condiciones. La sensibilización es importante, pero no reemplaza los servicios accesibles, los entornos seguros ni las medidas que permitan vivir con dignidad.
La salud mental se construye entre todos
Reconocer el malestar antes de que se vuelva imposible de ignorar, revisar las exigencias que normalizan el agotamiento, distribuir el trabajo de cuidado y fortalecer las relaciones de apoyo son pasos que pueden contribuir a una cultura más consciente de la salud mental.
Como plantea el profesor Darío Alexander Jácome, el sufrimiento no tiene que vivirse en soledad ni entenderse como una falla personal. Lo importante es contar con herramientas y apoyos para transitar las dificultades, reconocer cuándo se necesita ayuda y construir relaciones basadas en la empatía y la responsabilidad afectiva.
Hablar de salud mental es un comienzo; convertir esa conversación en escucha, acompañamiento y condiciones de vida más justas es lo que permite avanzar hacia apoyos reales.
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